miércoles, 27 de enero de 2016



DEL AMOR HUMANO EN  GARCILASO DE LA VEGA  AL AMOR  DIVINO EN SAN JUAN DE LA CRUZ.
Así como afirmábamos en la actividad 4 que: “Garcilaso y Góngora son dos caras de una misma moneda acuñada con el tiempo y la memoria, forjada en el paso del Renacimiento al Barroco”; podemos aseverar que Garcilaso y San Juan de la Cruz, constituyen las dos caras diferentes (cara y cruz)  de una misma moneda, esta sería el amor: el amor material, humano y carnal(cara) en Garcilaso de la Vega y el amor místico, divino, inmaterial, incondicional(cruz) en San Juan de la Cruz.
Desde sus 38 sonetos hasta sus tres églogas, pasando por la Oda a la Flor de Gnido, la obra del poeta toledano está impregnada de ese amor pasional -la mayoría de las veces contrariado- , entre hombre y mujer: / llora su desventura/  el miserable amante en tu figura/[1]; / ¡basten las que por vos tengo lloradas/   no os venguéis más de mí con mi flaqueza/[2];  / ¡Oh más dura que mármol a mis quejas,/   y al encendido fuego en que me quemo/[3]   . En esta muestra aleatoria de diversos versos de  sendas obras, se evidencia lo afirmado de ese amor pasional, inalcanzable,- por prejuicios quizás-, disimulados por  la presunta pretendida bella dama al aparentar dureza y frialdad “como la nieve”, ante las cuitas de un hombre perdidamente enamorado.
Contrario a este amor terrenal encontramos el amor celestial en San Juan de la Cruz; un amor divino que para expresarlo, el Santo abulense cual orífice elabora finos hilos de filigrana y entreteje exquisitamente los recursos estéticos de su exuberante lenguaje poético.
Sin detenernos en la exacta forma estrófica del Cántico Espiritual con la utilizada por Garcilaso en la Flor de Gnido y saltándonos también la estrecha relación de esta joya de la Literatura Mística  del  Siglo de Oro español con el Cantar de los Cantares bíblico,  emprendamos este corto pero intenso viaje por el mar de símbolos, imágenes y metáforas del Cántico del insigne poeta místico, para  evidenciar lo afirmado y tratar  de comprender  lo paradójico de un amor espiritual que se consuma con el viaje al más allá (encuentro con Dios):
/ ¿Adónde te escondiste, /Amado, y me dejaste con gemido?/Como el ciervo huyste, /habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido/[4].
En este caso la esposa (amada) y el amado  son imágenes alegóricas, en donde la Amada es  el alma  humana y el Amado es Dios, el supremo creador de todo lo que existe, según la creencia de los místicos. En esta estrofa 1 se da a entender que es el hombre quien busca a Dios, cuando tradicionalmente ha sido lo contrario: ha sido Él quien ha buscado a la humanidad para salvarla, personificado en su hijo Jesús. Con este artificio se confirma la tesis de Gemma Gorga, quien lúcidamente asevera que la paradoja sanjuanista difiere con la cancioneril (fuente de la poesía de Garcilaso), en la finalidad: mientras que esta genera agudeza conceptual, la del santo carmelita conduce al lector a lo trascendental (más allá de la comprensión racional), “mediante la destrucción de toda lógica”.
El yo poético ve a su Amado, el Altísimo, en las montañas, en los valles, en los ríos o ínsulas y hasta en el silbido del aire, ya que la grandiosidad de la naturaleza refleja la magnificencia de su Creador y la humildad de San Juan encuentra en la claridad y en el verdor de la naturaleza, al Artista creador: /¡Oh bosques y espesuras,/plantadas por la mano del Amado,/ oh, prado de verduras,/de flores esmaltado,/decid si por vosotros ha pasado!/[5].
A manera de coda, se puede concluir que si bien  la concepción del amor y de la eternidad de la vida mediante la comunión con Dios en San Juan de la Cruz, es diametralmente opuesta a la de Garcilaso, quien llama al goce de la vida y la juventud por la brevedad de éstas; no se puede negar la gran influencia que tuvo el intrépido poeta toledano sobre la producción poética del Santo Carmelita, en cuanto a la forma y recursos literarios se refiere: / y en ásperas montañas/ con el suave canto enterneciese/ las fieras alimañas,/ los árboles moviese/ y al son confusamente los trujiese/[6]. Adosemos la anterior estrofa  con la lira 14 del el Cántico: / Mi Amado, las montañas,/ Los valles solitarios nemorosos,/ Las ínsulas extrañas,/ Los ríos sonorosos,/ El silbo de los aires amorosos./ .     
              

BIBLIOGRAFÍA
-          GORGA LOPEZ, Gemma: “La función de la paradoja en la poesía amorosa de Cancionero en el Cántico de San Juan de la Cruz”. En, Boletín de la Biblioteca de Menéndez  Pelayo, año LXXX enero –diciembre 2004. PP: 21 -34
_______ “Hacia una poética de lo Inefable: el Cántico de San Juan de la Cruz”. En, Letras de Deusto,  Num.102 (Vol34) Bilbao 2004  PP: 71 -  76.

-          MANCHO DUQUE, María Jesús: “Creación poética y componente simbólico en la obra de San juan de la Cruz”. En Palabras y Símbolos en San Juan de la Cruz. Madrid, Fundación Universitaria Española Universidad Pontificia de Salamanca, 1993.

-          Autores Varios. Siglo de Oro Español. Edición a Cargo de Don Joaquín Calvo Sotelo, Madrid, Círculo de Lectores, 1982.  PP: 191 -209.

-                     Autores Varios. Antología de Poetas Liricos Castellanos, sexta edición. México,  W. M. JACKSON; INC. 1973.  PP: 131 -195.           
             








[1] Versos 4 y 5, lira 6, Oda a la Flor de  Gnido.
[2] Versos 12 y 13, Soneto II.
[3] Versos 1 y 2, estrofa 5, Égloga I.
[4] Lira 1 del Cántico Espiritual.
[5] Lira 4. Ídem.
[6] Lira 2 Flor de Gnido.

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